12 mar 2011

LOS SOFISTAS Y SÓCRATES (XIII): Dimensión política de Sócrates

La mayoría de los sofistas fueron viajeros desarraigados, mientras que Sócrates destacó por su clara conciencia ciudadana. Sócrates pensó y sirvió para Atenas, ciudad de la que nunca salió salvo para cumplir con sus deberes como ciudadano.

Para el filósofo ateniense, la legalidad de su ciudad era algo digno de ser conservado y por lo que había que luchar, hasta el punto de enfrentarse con el poder establecido cuando vio dicha legalidad vulnerada. Este compromiso político socrático es fruto de su actividad reflexiva: aunque el “nomos(legalidad humana) es algo convencional* (se establece por convención o acuerdo entre los hombres), si un ciudadano lo acepta, debe obedecerlo o abandonar la ciudad. Es decir, si decidimos vivir en esta ciudad “x” (en el caso de Sócrates hablamos de polis, es decir, ciudades-Estado), lo hacemos con todas la consecuencias, aceptando sus leyes y el respeto hacia las mismas, ya que son dichas leyes las que sustentan la existencia de dicha ciudad.

(*Nota: en la Grecia clásica ya surge la diferencia entre nomos como “ley convencional” y physis como “ley natural”: la primera es fruto del acuerdo entre hombres y por tanto es variable y “no necesaria”; la segunda, en cambio, es invariable y necesaria, y no depende del hombre para ser la que es)

Los enfrentamientos con los sofistas se dieron sobre todo en relación a este aspecto: las doctrinas sofistas resultaban, para Sócrates, disolventes y corrosivas de la moral tradicional, al relativizar al máximo la importancia de leyes, costumbres, acuerdos y, en definitiva, todo aquello que mantenía la cohesión de la polis. Sócrates aspiró a recuperar y fortalecer el compromiso de la ciudadanía con el Estado, compromiso que se estaba perdiendo por el avance incesante de la sofística. Para recuperar estos lazos entre individuo y Estado, el filósofo oriundo de Atenas los identificará en la praxis: la tarea de hacer mejor la ciudad es inseparable de la tarea de hacerse mejor uno mismo.

Recordemos que para Sócrates, como ya se ha dicho en multitud de ocasiones anteriores de una u otra forma, conocer el Bien conlleva hacer el bien y, al contrario, si hacemos el bien es porque lo conocemos. Dicho esto, la identificación entre la búsqueda privada del Bien y la pública queda establecida desde el principio: Si un hombre trata de mejorarse a sí mismo buscando el Bien, al encontrarlo, no tendrá más remedio que aplicarlo, es decir, hacerlo. Y ¿cuál es el lugar en el que el hombre desarrolla su acción? La polis. Es decir, la ciudad es el lugar donde desplegamos nuestras acciones, de manera que el hombre que conoce el Bien, lo hace en el seno de su sociedad, tratando de mejorarla, haciéndola partícipe de dicho Bien. Sócrates no sale de sus premisas principales: el Bien siempre redunda en un bien. Así que si mejoramos como personas, buscaremos que los demás también lo hagan ya que el conocimiento del Bien me lleva a su ejecución en la práctica.
Para Sócrates es inconcebible que hablemos de un hombre justo y bueno que no esté comprometido moralmente con los demás hombres, con su sociedad, ya que su bondad le empujará a luchar por ella y mejorarla.

Sócrates en persona vivió la descomposición del Estado ateniense. Ante tal perspectiva, Sócrates reclamó, no el gobierno de la mayoría (en la que se da una mezcla entre hombres competentes y hombres incapaces), sino de aquellos que estuviesen realmente capacitados para gobernar. Como ya dijimos en la entrada “Saber y virtud en Sócrates”, siempre podemos hacer las cosas bien o mal, lo que marca la diferencia es saber o no hacerla. En política ocurre lo mismo: no podemos dejar el gobierno en manos de los más incapaces, sino al contrario. Deberían ser los hombres más capacitados para el gobierno los que lo llevasen a cabo. En otras palabras, son lo que “saben gobernar” los que deberían hacerlo, si queremos que el gobierno sea un buen gobierno. Esto llevaría a la formación de un cuerpo de especialistas en el arte de gobernar. Platón también llegaría a esta conclusión por influencia del pensamiento de su maestro.

Resulta obvio que esta demanda se oponía a los fundamentos de la polis griega del momento, sometida al régimen democrático radical (que ya analizamos brevemente) y por ello Sócrates se granjeó no pocos enemigos y críticos. La misma actividad política que Sócrates quería reformar para devolver a su amada Atenas el esplendor pasado, acabaría siendo la responsable de su muerte. Por ello, la figura del maestro de Platón ha acabado consolidándose como la de una especie de mártir de la causa filosófica que defendió durante toda su vida, ya que murió a manos de la misma injusticia que siempre trató de erradicar.


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